Los efectos del alcohol sobre el sistema cardiovascular son complejos y dependen de cuánto, cómo y con qué frecuencia se consuma. El consumo de alcohol se clasifica en: abstinente (ningún consumo), bajo (≤1 bebida/día en mujeres, ≤1-2 en hombres), moderado (hasta 2 bebidas/día en hombres, 1 en mujeres), alto (≥3 bebidas/día) y atracón/binge (≥5 bebidas en una sola ocasión).
El alcohol puede afectar al sistema cardiovascular al elevar la presión arterial, alterar las grasas en sangre, aumentar la inflamación y el estrés oxidativo, dañar la función de los vasos y activar respuestas relacionadas con el estrés.
El consumo bajo a moderado se asocia con menor riesgo de infarto y enfermedad coronaria, enfermedad coronaria pero incluso en pequeñas cantidades puede aumentar el riesgo de accidente cerebrovascular (especialmente hemorrágico) y fibrilación auricular y cáncer. Además, incluso dosis bajas o moderadas de alcohol pueden ocasionar dependencia y adicción.
El consumo excesivo está claramente asociado con un aumento del riesgo de hipertensión, fibrilación auricular, insuficiencia cardíaca, accidente cerebrovascular, enfermedad de la arteria coronaria, diabetes, miocardiopatía alcohólica y mortalidad cardiovascular.
El consumo en atracón incrementa el riesgo de arritmias y eventos coronarios agudos.
En personas con enfermedad cardiovascular, el menor riesgo se observa con consumo bajo de alcohol, pero no se recomienda empezar a beber por posibles beneficios. En casos de insuficiencia cardíaca, arritmias o miocardiopatía alcohólica, se aconseja evitar el alcohol.
El patrón de consumo es más importante que el tipo de bebida: beber de forma regular, moderada y con las comidas conlleva menor riesgo que el consumo excesivo o en atracón. Aunque el vino se asocia a menor riesgo cardiovascular que la cerveza o los licores cuando se consume con moderación, cualquier exceso de alcohol aumenta el riesgo cardiovascular.
Reconocer que el consumo de alcohol es un problema es el primer paso para cambiar. Reflexionar sobre sus efectos en la salud, la familia y el trabajo puede ayudar a tomar la decisión de dejarlo. Buscar ayuda profesional y apoyo en grupos o programas especializados facilita el proceso y evita afrontarlo en soledad.
Para lograrlo, es importante evitar situaciones y ambientes asociados al alcohol, eliminarlo del hogar, identificar los momentos o emociones que despiertan el deseo de beber y sustituirlos por hábitos saludables como el ejercicio, el descanso adecuado y técnicas para manejar el estrés. Contar con el apoyo de familiares y amigos y aprender a decir no de forma firme también son claves para mantener el cambio.
Concepción Fernández
Actualizado febrero 2026

