La pericarditis es la inflamación del pericardio, una membrana fina en forma de saco que rodea y protege el corazón. Cuando esta membrana se inflama, puede aparecer dolor en el pecho y, en algunos casos, puede acumularse líquido alrededor del corazón, lo que se conoce como derrame pericárdico. Si la inflamación se mantiene en el tiempo, el pericardio puede volverse más grueso y rígido, dificultando que el corazón se llene y bombee sangre con normalidad.
En muchos casos no se llega a identificar una causa concreta, aunque con frecuencia se relaciona con una infección viral previa. También puede aparecer tras un infarto, una cirugía cardíaca o un cateterismo, y en algunas personas se asocia a enfermedades autoinmunes (como lupus o artritis reumatoide), cáncer, insuficiencia renal, hipotiroidismo, golpes en el pecho, radioterapia o algunos fármacos. Con menos frecuencia, puede deberse a infecciones bacterianas, como la tuberculosis, u otras causas más poco habituales.
Según su duración, la pericarditis puede ser aguda, cuando aparece de forma repentina y dura menos de 4 semanas; subaguda, si se prolonga más de 4 semanas; crónica, cuando dura más de 3 meses; o recurrente, cuando los síntomas reaparecen después de haber mejorado.
Puede presentarse de distintas formas: a veces hay solo inflamación, otras veces se acompaña de acumulación de líquido, y en casos más avanzados puede aparecer una forma constrictiva, en la que el pericardio se vuelve rígido. En algunos pacientes, además del pericardio, también se inflama el músculo del corazón (miopericarditis).
El síntoma más frecuente es el dolor en el pecho, punzante, que empeora al respirar profundamente, toser o tumbarse boca arriba, y que mejora al sentarse o inclinarse hacia delante. Suele localizarse en el centro o en el lado izquierdo del pecho y puede extenderse al cuello, los hombros, la espalda o los brazos. Además, pueden aparecer fiebre, cansancio, falta de aire (sobre todo al acostarse), tos seca o palpitaciones.
Cuando hay mucho líquido alrededor del corazón, pueden aparecer hinchazón en piernas o abdomen, mareo, desmayos o sensación de empeoramiento general. En personas mayores, el dolor puede ser menos llamativo y predominar la dificultad para respirar o las alteraciones del ritmo cardiaco.
El diagnóstico se realiza con varias pruebas. Habitualmente se realiza un electrocardiograma, análisis de sangre para valorar inflamación y una ecocardiografía, que permite ver si hay líquido alrededor del corazón y comprobar cómo está funcionando. En algunos casos, pueden ser necesarias otras pruebas, como una resonancia magnética cardíaca y, de forma excepcional, una biopsia (obtención de una pequeña muestra de tejido para su análisis).
Si existe un derrame importante, a veces es necesario analizar el líquido acumulado para conocer su causa.
El tratamiento suele basarse en medicamentos antiinflamatorios, como ibuprofeno o aspirina, junto con colchicina, que ayuda a aliviar los síntomas y a reducir el riesgo de recaídas. El tratamiento suele mantenerse durante varias semanas o meses, ajustándose de forma progresiva según la evolución. En algunos casos se añade un protector gástrico.
Si no hay mejoría o estos fármacos no se pueden utilizar, pueden emplearse corticoides, aunque siempre con precaución y bajo supervisión médica. Si la pericarditis está causada por otra enfermedad, también es fundamental tratar esa causa.
Si se acumula líquido en exceso alrededor del corazón, pueden ser necesarios procedimientos como la pericardiocentesis (extracción del líquido con una punción guiada por ecografía), la ventana pericárdica (cirugía para facilitar el drenaje) o, en situaciones graves, la pericardiectomía (retirada parcial o completa del pericardio).
Durante la fase aguda de la pericarditis es importante mantener reposo y evitar el ejercicio físico, limitándose a actividades tranquilas hasta que desaparezcan los síntomas y las pruebas médicas indiquen mejoría. La actividad física debe retomarse de forma gradual y siempre bajo supervisión médica.
El estilo de vida cardiosaludable es fundamental para una recuperación completa y la prevención de recaídas.
Durante la fase aguda de la pericarditis se debe limitar la actividad física únicamente a tareas sedentarias hasta la desaparición de los síntomas y las pruebas médicas indiquen mejoría. La vuelta a las actividades laborales y al ejercicio físico debe ser siempre progresiva y supervisada por un especialista
Además, se recomienda mantener un estilo de vida cardiosaludable, evitar el tabaco, el exceso de alcohol y controlar bien enfermedades crónicas o autoinmunes si existen.
Se debe buscar atención médica urgente si aparecen síntomas como dificultad importante para respirar, hinchazón en piernas o abdomen, mareos o desmayos, o si el dolor en el pecho empeora o no mejora con la medicación.
Concepción Fernández
Febrero 2026

