La enfermedad venosa periférica es un trastorno frecuente que afecta a las venas de las piernas y puede repercutir de forma importante en la calidad de vida. Se produce cuando las venas tienen dificultad para devolver la sangre desde las piernas hacia el corazón, lo que provoca acumulación de sangre en las extremidades inferiores.
Los síntomas más habituales son pesadez, dolor, hinchazón, calambres o picazón, que suelen empeorar al final del día o tras permanecer mucho tiempo de pie, y mejorar al caminar o elevar las piernas. Pueden aparecer varices y cambios en la piel (oscurecimiento o endurecimiento), y en fases avanzadas, úlceras venosas.
Factores como la edad, el embarazo, la obesidad, los antecedentes familiares , trombosis venosa profunda previa o trabajos prolongados de pie favorecen su aparición. Condiciones que dificultan la correcta circulación de la sangre en las piernas, como una estatura elevada, insuficiencia cardíaca, artritis, neuropatía periférica o presentar dificultad para mover el tobillo, pueden favorecer su aparición.
Puede afectar a venas superficiales (varices, arañas vasculares o tromboflebitis) o profundas, dando lugar a trombosis venosa profunda (inflamación de una vena superficial que suele causar dolor, enrojecimiento y endurecimiento local), con riesgo de embolia pulmonar. Cuando el problema se mantiene en el tiempo, puede evolucionar a insuficiencia venosa crónica.
SI el problema persiste en el tiempo, puede desarrollarse insuficiencia venosa crónica.
El diagnóstico se basa en la exploración física, , la clasificación clínica (CEAP) para valorar el estadío de la enfermedad y la ecografía Doppler, que permite estudiar el flujo de la sangre en las venas, detectar obstrucciones y comprobar si las válvulas funcionan correctamente.
El tratamiento El tratamiento de la enfermedad venosa periférica (insuficiencia venosa crónica) busca mejorar el retorno sanguíneo, aliviar síntomas y prevenir complicaciones como úlceras. Incluye medidas de estilo de vida, medias de compresión y fármacos flebotónicos, que ayudan a mejorar la circulación venosa y a aliviar síntomas .
Cuando los síntomas persisten o la enfermedad está en fases más avanzadas, se utilizan procedimientos como la escleroterapia, que consiste en inyectar una sustancia líquida o en espuma para cerrar venas pequeñas o superficiales, y la ablación térmica mediante láser o radiofrecuencia, utilizada para cerrar venas varicosas de mayor tamaño.
En casos seleccionados, especialmente cuando existe obstrucción en venas más profundas, puede realizarse una venoplastia, para abrir la vena con un catéter con balón y, en ocasiones, colocar un stent para mantenerla permeable.
El cuidado diario y los hábitos de vida son fundamentales para mejorar la circulación y prevenir complicaciones. Se recomienda elevar las piernas varias veces al día y durante el descanso, así como evitar permanecer mucho tiempo de pie o sentado; en estos casos, es conveniente realizar pausas activas y movilizar los tobillos para favorecer el retorno venoso.
El uso de medias de compresión desde la mañana ayuda a reducir la hinchazón, y la práctica regular de ejercicio (especialmente caminar) contribuye a activar la circulación.
Mantener un peso saludable, una buena hidratación y cuidar la piel de las piernas, revisándola a diario, son medidas clave.
También es importante evitar el calor directo, la ropa ajustada y hábitos como fumar o cruzar las piernas. Se aconseja utilizar calzado cómodo, no excesivamente plano ni con tacones altos.
Desde el punto de vista nutricional, se recomienda una dieta equilibrada, rica en fibra y baja en sal, junto con una adecuada ingesta de agua, para reducir la retención de líquidos y mejorar la salud vascular.
Concepción Fernández
Actualizado febrero 2026
