La enfermedad arterial periférica es un trastorno circulatorio en el que las arterias de las piernas se estrechan u obstruyen, generalmente como consecuencia de la acumulación de grasa en su pared (aterosclerosis). Es una patología frecuente, especialmente a partir de los 55 años.
Las personas que la padecen presentan un mayor riesgo de infarto, ictus y otras complicaciones cardiovasculares, sobre todo si asocian factores como diabetes, hipertensión arterial, colesterol elevado o antecedente de tabaquismo. Entre estos, el tabaco y la diabetes son los factores de riesgo más estrechamente relacionados.
Puede manifestarse de forma aguda o crónica. La isquemia aguda aparece de manera brusca y constituye una urgencia médica, caracterizada por dolor intenso, frialdad, palidez, ausencia de pulso y, en casos graves, pérdida de sensibilidad o movilidad. Por su parte, la forma crónica tiene una evolución más lenta y progresiva; su síntoma más característico es la claudicación intermitente, que consiste en dolor en glúteos, muslos o pantorrillas al caminar y que cede con el reposo. En fases avanzadas pueden aparecer heridas que no cicatrizan, infecciones o cambios en la piel.
No todas las personas presentan síntomas típicos. En algunos casos pueden aparecer molestias atípicas, debilidad o adormecimiento en las piernas. En las mujeres, en particular, los síntomas pueden ser menos claros y confundirse con otros problemas frecuentes como la artrosis o la neuropatía, lo que puede retrasar el diagnóstico.
Aunque los síntomas sean leves, esta enfermedad es un marcador de aterosclerosis en otras partes del organismo, por lo que su detección y control son fundamentales.
El diagnóstico se basa en la exploración física y en el índice tobillo-brazo, que compara la presión arterial del tobillo con la del brazo (≤ 0,9 sugiere enfermedad). Para un estudio más detallado se utilizan pruebas de imagen como la ecografía Doppler o estudios con contraste, como angiografía por resonancia magnética, tomografía computarizada o arteriografía.
El tratamiento depende de la gravedad. En la mayoría de los casos incluye fármacos para reducir el colesterol (estatinas) y antiagregantes, que disminuyen el riesgo de formación de coágulos y de eventos cardiovasculares. Asimismo, es fundamental el control de la presión arterial y la diabetes, y en algunos pacientes pueden emplearse fármacos flebotónicos que mejoran la capacidad de caminar.
Cuando los síntomas son graves o existe riesgo de pérdida de la extremidad, puede ser necesario realizar procedimientos de revascularización, como la angioplastia con colocación de stent o la cirugía de bypass, para restablecer el flujo sanguíneo en la arteria afectada.
El seguimiento médico periódico es esencial, ya que esta enfermedad no solo afecta a las piernas, sino que puede reflejar la presencia de aterosclerosis en otras zonas del organismo.
Las medidas generales se centran en el control de factores de riesgo cardiovascular (diabetes, hipertensión y colesterol) y prevenir úlceras o amputaciones:
Dejar de fumar, ya que el tabaco daña las arterias, empeora los síntomas y aumenta el riesgo de complicaciones.
Realizar ejercicio físico regular: Caminar al menos 3 veces por semana durante más de 30 minutos, ya que mejora el flujo sanguíneo y la capacidad para caminar sin dolor. Además, mantener una alimentación saludable, controlar el peso y reducir el estrés.
El cuidado de los pies es fundamental para prevenir heridas o infecciones: Revisarlos a diario, mantener una buena higiene, hidratar la piel, cortar las uñas con cuidado y usar calzado cómodo. No caminar descalzo y proteger los pies de lesiones.
Se aconseja evitar ropa ajustada, revisar con el médico los fármacos que puedan afectar a la circulación y consultar de forma inmediata si aparece dolor en reposo, heridas que no cicatrizan o cambios de color o temperatura en las piernas o los pies.
Concepción Fernández
Actualizado febrero 2026
